Pequeños cuentos sin sentido social
El agua pura
Bajo la sólida sombra del pantano, donde Juspial caminaba en las sórdidas tardes de incontenible tristeza para su alma, se vislumbraba más claramente, ante la luz del astro, cada día, la forma de una hermosa vasija de papel, que contenía, hasta donde sus prestes y cualidades le permitían, un agua pura contrastante al barro, magnánima de su entorno y mal viviente del mundo en que coexistía. Juspial rogaba cada día para que el endeble papel que componía el objeto de su aturdimiento, el apaciguamiento de su tristeza, no cediera y fuera esta a parar mezclada, irreconocible, en el ancho pantano sobre el cual reposaba.
Acorde a la historia un día Juspial nació de nuevo en la soledad de su tristeza y sin medir su propio estado de ser, corrió exasperadamente hacia el oscuro depósito de barro, allí bajo toda la argamasa espesa que redondeaba la silueta de sus pies encontró un pequeño retazo de papel y supo entonces que nunca podría beber aquel agua pura.
Así le decían
Así le decían sus amigos, y cerró la puerta y no solo protegió sus bienes, también cerró todo su mundo y a su paso el mundo que le rodeaba y giraba en su entorno. También así lo llamaban sus padres, y cuando cerró la puerta, no solo hizo agitar el vierto y vibrar el metal, también contrarió al destino que le hacia un llamado cada día y palpitante este respondía en un baile de monotonía eterna. Alguna vez su amante le dijo de esta manera, pero al cerrar la puerta no solo evitó que quienes no le respetaban se introdujeran en su mundo, también logró que quienes lo respetaban salieran de el y de su desdicha, de su mar y su llanto, de su sol y su inspiración onírica sin sentido redundante. Aquel de al lado le llamaban de otra manera, y cuando se acercó a consumar su imposición divina, olvidó que así también el lo llegó a llamar un día. Así lo llamó un día su verdugo, y justo este, cuando cerró la puerta, disparó a su cabeza.
Introducción a la belleza de la poesía rutinaria de viejos labios canosos de tiempos sin memoria
“Flor María” dijo don Tulio. Y como era característico esa fué la ultima palabra y absoluta voluntad.
Hoy confundido, mañana alegre, pasado el mañana no existen sentimientos y en el futuro, todos estaremos confusos por la alegría que ya no sentiremos.
What can I do, What can I say, sayed a lost man in a lost language, in some time in some place, in a world, in a underworld, a lost man say.
Una tarde en la mañana, bajo el sol escaso de la sombra nocturna, por las praderas del amplio mar de hierva que desataba torneantes vendavales justo lindando con retorcidos alambres que custodiaban la frontera conflictiva del campo y el camino, se vió una ráfaga de velocidad que, impulsada por el viento, pedaleaba sin morir con fin último de alcanzar la zanja de salto que se encontraba al final del sendero.
La máquina artificial era una Collemans, traída de Alemania Oriental como un presente a su cumpleaños, de anchos hierros forjados y pulidos con la mayor escrupulosidad, un poco gastada por la guerra interminable de su uso, pero aun en pié para volar por aquel sendero que todo lo vio y sigue percibiendo.
Después de lograr la ayuda de Saniagh, el viejo mecánico del pueblo, para aceitar la cadena de revoluciones, se lanzó al recorrido inicial, la prueba de su vida, la contención del destino que evitaba a toda costa que este lo lograra; bajo el incesante viento enmascarado despegó del suelo al besar el cauce, y aun habiendo sido tan corto el esplendor de su cometido, dicen que fué gigante su sonrisa cuando le hallaron tirado en el suelo al lado de su vieja Collemans.
-Que putas pasó- Preguntó mientras se daba totazos de cabeza contra la pared.
-mmmm-Exclamó el otro en sentido interrogativo, entre tanto ponía una pistola 34 de tubo recortado sobre una mesa de noche.
Todo el día se sentaron en la panadería de Simón, escuchando todas las rutas de buses de Medellín, comiéndose un pan con gaseosa y planeando un atraco que les iba a dar mucho billete. Ya para las seis tenían la cosa arreglada, reiterándose que sus cualidades organizacionales, de ambos, eran realmente insignificantes, debe dárseles mérito por haber concebido un plan, que digno de fallas, era “bueno”.
Alex subiría al bus intermunicipal, que viaja a Santa Elena, con la excusa de vender dulces como lo hacen cientos de desempleados, o adictos, diariamente; esta ves tenía “supercocos” y siguiendo la tradición uno valía 100, los tres en 200. Jairo estaría en el bus el cual abordaría desde la terminal del Sur. Cuando el transporte fuera rumbo a su destino y se encontrara en los linderos de Medellín Jairo se pararía y cogería al ayudante, quien guarda la plata, por la espalda con un destornillador, entonces Alex cogería el botín sacándoselo de su bolsillo o riñonera, si era el caso de que el bus pudiera tener caja fuerte pegada al piso el plan sería abortado inmediatamente, luego ambos se tirarían del bus y saldrían corriendo por la loma de Quebradita hasta la casa de Doña Mariela, cómplice de todas las cosas de estos dos, una exprostituta de alcurnia que vivía de los 10 o 20 mil pesos semanales que se ganaba putiando por ese barrio.
Todo planeado, y ya sin plata para más gaseosa y más pan, Alex se fue para donde su novia y Jairo para la casa de su mama, al otro día no se verían hasta el momento clave de la rapiña.
Doña Mariela fué en su época una diva de cabaret, una belleza como decían los hombres aquellos que acudían al show, que desfasado de las concepciones holliwoodenses de este estilo de lugar, era como lo llamamos aquí un “putiadero”, donde las niñas que allí laboraban bailaban desnudas y complacían a viejos hombres en sus aberraciones sexuales generalmente por menos de diez mil pesos. Pero Marielita, como la llamaban, era diferente, ella no se acostaba con cualquiera, solamente con quienes le gustaban y eran dignos de pagarle casi el triple que a cualquiera de las demás. Cierta noche de espectáculo sobre una de las mesas y pidiendo una botella de aguardiente se sentó un tipo, de cara larga y húmeda de sudor, con un espeso bigote y gafas oscuras, una copia barata de Pedro Navaja o un simple chiflado. Cuando vió a Marielita se enloqueció, le concibió como una hermosura y se dio a la tarea de que tenía que poseerla; siendo esto, cuando el show de la diva mas prestigiosa terminó el hombre se paró e inmediatamente preguntó a la señorita cual era su tarifa, ella, de mirada menospreciante, miró de arriba abajo al fantoche y le pronunció cuatro palabras que le supieron a sangre: -muchas gracias mi amor- dijo Marielita con toda la decencia que cualquier ser humano se merece. Pero esto a aquel demente potencial le causó un solo efecto, una psicosis digna de Hitchook o cualquier thriller clásico. Y sin imitar la vieja canción de Rubén Blades, navaja en mano se le fue encima rajándole la cara de lado a lado y encontrándole dos puntos más en las costillas donde clavar su arma. Lo que siguió a esto merece un solo parágrafo más. Al tipo lo mataron, e imposible decir que no fueron los amigos de Marielita, y ella después de cocida, dejó, lógicamente de ser la mas bella del lugar, así que sumando esta tragedia a su adicción por la llamada “perica” le tocó irse para el barrio y trabajarle a los sucios camioneros o vecinos que de vez en cuando le visitan.
Allí vivía en una casa vieja que alquilaba, con sus pocas posesiones y una cama de hierro que soportaba sus arduas jornadas, era famosa no solo por su profesión sino por su irritabilidad, la misma que le había costado la vida a dos pelmazos que habían tratado de abusar de ella sin pagarle y a los cuales dejó fríos con dos tiros de su viejo revolver 34 corto que mantenía guardado en su mesa de noche como única forma de protección.
Alex llegó donde su novia quien vivía tres casa mas arriba de la suya, se sentó en el comedor y la entregada se dispuso a ponerle un plato con lentejas, arroz y chicharrón para que comiera.
Siempre habían sido novios, a pesar de que este le había sido infiel a la pobre en muchas ocasiones, ella siempre le perdonaba y regresaban; tenían un hijo de 2 años que cuidaba la mamá de Lorena, la novia de Alex, aunque este siempre vió por su sucesor.
Lorena estudiaba todavía en el colegio, era 12 años menor que su novio, estaba en décimo y podría decirse que era una china fuerte al tener que lidiar con la responsabilidad de un hijo sumado al afán de su casa donde cuidaba a su papá, quién era minusválido, ya que su mamá trabajaba todo el día, además de todo esto lidiar con su novio el cual no era su santo de fiar.
Los problemas entre Lorena y Alex comenzaron cuando este empezó a visitar a Doña Mariela, ella era conciente de que el único propósito por el cual ellos le ayudaban a la querída vecina era porque ella les hacía rutinarios favores sexuales tanto al padre de su hijo como a su mejor amigo y cómplice Jairo. Siempre renegaba con Alex por esta causa pero el terminaba embelesándola con regalos o promesas, y así se fué el tiempo sin mayor trascendencia sobre este problema.
Cuando Alex terminó su comida tomó a su hijo de los brazos de la madre y se sentó en el andén de la casa a contemplar el firmamento de luces artificiales de la ciudad.
Al otro lado Jairo se despedía de su mamá, ya que esta se iba de viaje para Estados Unidos, probablemente para no regresar, y con un beso y un escapulario se despidió de quien le había dado la vida. La expresión de doña Esther fue la de una madre que encuentra a su hijo pródigo, le profesó unas cuantas palabras de aliento y se subió al auto de su hija quien la conduciría al aeropuerto en Rionegro.
A diferencia de Alex, Jairo fué siempre un pelao de plata, su familia tenía varios talleres de mecánica por toda la ciudad, y era su padre quien tenía las riendas de sus negocios, de su mujer y sus hijos. Pero cuando este murió en un accidente automovilístico, las cosas se salieron del cauce solo para Jairo, quien, debido a sus pérfidas amistades, se hundió rápidamente en la droga para terminar, en solo seis meses, tirado en la calle con una bolsa de Sacol.
No valieron instituciones, ni curas, ni amigos y mucho menos las autoridades para evitar que Jairo siguiera en los malos pasos, robando a su propia familia y arremetiendo contra esta al punto de llegar a secuestrar a su propia hermana mayor, por lo cual estuvo dos años en la cárcel y tristemente cuando salió fue su madre, quien con el mayor de los dolores del corazón, lo abofeteó e hizo sacar de la casa con la policía misma.
Pero ese día Jairo debía despedirse de su mamá para nunca volverla a ver, y tras la partida de esta, en la puerta de la casa se quedó mirándolo por un segundo su hermana menor, para después cerrársela en la cara.
A las cinco en punto de la mañana, Jairo estaba bañándose en la casa de Doña Mariela, era prácticamente allí donde estaba viviendo desde hace unos meses, lo que cogía se lo daba a la doña y ella le cocinaba y le favorecía en las noches. Lo único malo de la experiencia era el constante visitar de los clientes de la exdiva. Alex habría pasado la noche en casa de Lorena, ya que al lado de su hijo se negó la posibilidad de irse, y ya pasadas las nueve de la mañana se vistió y se fué para el centro a conseguir una bolsa de “supercocos” que implementaran su disfraz.
El bus de las cinco de la tarde era la víctima, ya que a esa hora se había recaudado una buena plata, más o menos quinientos o seiscientos mil pesos preveían los amigos.
Jairo llegó a la terminal temprano, así que se sentó y se fumó un cigarrillo en una de las bancas dispuestas allí mientras observaba un negocio de máquinas tragamonedas, a su lado paso un hombre moreno, de mirada turbia, una barba despoblada por el acné, alto, con una camiseta de cuello, sudadera y tenis Nike, en sus manos llevaba un bolsa de dulces “supercoco” sin destapar. La señal estaba dada, Jairo caminó tras de Alex y cuando este hizo una pausa para amarrarse los zapatos, este se subió al bus y miró al chofer, un hombre de bigote espeso, medio barbado, casi sin pelo, que vestía una camisa verde a cuadros, y a su ayudante, un pelao de unos 15 años, de camiseta del Nacional y pantalón de Jean.
Cuando el bus arrancó, mas o menos a las cinco y diez de la tarde, Jairo estaba sentado en la silla de atrás, con un pequeño morral y un destornillador escondido en su cinturón, Alex estaba ubicado en la primera silla y había concretado con el chofer que en la subida a Santa Elena el se bajaba después de vender los “supercocos”; en los demás asientos se encontraban estudiantes que regresaban a sus casas, trabajadores residentes en el pueblo y uno que otro turista de ciudad, el viaje inició.
Fué demasiado sencillo coger al pobre niño de quince años, mas o menos, que servía de ayudante de bus, Alex ni siquiera tuvo que hacer su representación de vendedor para que Jairo iniciara el plan, rápidamente, el chofer del bus había detenido su marcha, la gente entraba en pánico y los dos ejecutantes de la misión se ubicaban en sus respectivos puestos.
El dinero lo tenía el niño, Felipe, hijo de Don Jorge, el chofer del bus, en uno de los bolsillos de su pantalón, allí revisó con éxito Jairo, tomó la plata y se la guardó en el bolso que traía, Alex mientras tanto tenía a Don Jorge aprisionado contra la ventana con el oxidado destornillador que camufló en la bolsa de confites. Todo sucedió en solo tres o cuatro minutos, y pasados estos Alex y Jairo corrían por las laderas de Medellín rumbo a su guarida, Don Jorge agradecía a Dios por el hecho de que no le hubiera sucedido nada a su hijo.
Doña Mariela atendía uno de sus clientes cuando escuchó los portazos que a patadas hacían sonar Alex y Jairo, ella sin escrúpulo alguno avisó a su consumidor que se tenía que ir en términos claves de su lenguaje: -Abrase papi, abrase que llegaron los muchachos- pronunció la doña.
Casi sin aliento, y mientras el visitante salía por la puerta sin saludar, entraron ambos agotados de tan largo escape, se tiraron en la cama y se reían recordando como habían sucedido los hechos. Doña Mariela les trajo Coca Cola que guardaba en la nevera y cuando les vio mejora en su estado les preguntó: -entonces, coronaron o que?-
Lorena, esa tarde, salía del colegio y dos de sus amigas fueron con el tradicional chisme sobre su novio visitando de nuevo a la puta del barrio, cosa que indignó a la pobre niña haciéndola tomar una decisión trágica, fue hasta su casa, tomó a su hijo en brazos y se dirigió al lugar de Doña Mariela, pensaba que ante los ojos de su hijo el pobre tipo reaccionaría sobre lo que estaba haciendo además de que explicaría y se arrodillaría ante la furiosa madre.
Cuando se acercó a la casa desde afuera se escuchaba la música del equipo a todo volumen, obviamente estaban celebrando alguna cosa, pero esto no era suficiente para impedir la intromisión de Lorena en la situación. Tocó la puerta y fué Jairo quien atendió al llamado, una vez vió a la mujer de su amigo y al pequeño niño quedo un poco impactado, sin embargo se entabló un breve intercambio de frases:
-Lorena, y usted que hace aquí?-Pregunto inicialmente Jairo
-Pues usted sabe, hágame el favor y me deja entrar o me llama a Alex-contestó iracunda Lorena.
-Venga porque no se va pa la casa y ahorita nosotros le caemos, a lo bien-le comentó Jairo tratando de sofocar la cosa y guardar la espalda de su amigo quien en ese momento se encontraba en una situación comprometedora con Doña Mariela.
Antes de que Lorena contestara, desde el fondo de la casa se escuchó la voz de Alex quien gritaba: -Vení pués marica, quien es pues-.
Dicho lo anterior, Lorena empujó a Jairo a un lado y entró con su bebe en brazos para terminar presenciando a su hombre en las garras de una puta barata con la cara cortada de oreja a oreja, miró fijamente a los ojos de la doña, giró con intenciones de irse y fué cuando encontró visualmente aquel revolver, que doña Mariela había sacado ese día del cajón para limpiarlo. Sin descuidar a su hijo y antes de cualquier reacción humana, lo tomó con su mano dereha y descargó las pocas balas que quedaban sobre la mujer que yacía al lado de Alex.
Jairo, agarró a Lorena y le quitó el revolver, pero ella sin esperar nada salió corriendo de la casa pasando entre los vecinos curiosos que se acercaban a ver que había pasado.
Alex, miró a Marielita llena de sangre:
-Que putas pasó- Preguntó Alex mientras se daba totazos de cabeza contra la pared.
-mmmm-Exclamó Jairo en sentido interrogativo, entre tanto ponía la pistola 34 de tubo recortado sobre la mesa de noche.
-Cristian Parada Valencia-
Hello
Solo una sombra era percibible desde la ventana del piso mas alto de la torre, lindaba a su derecha con una de las cámaras del ala central de la fortaleza y de cualquiera de sus otros límites solo podía esperarse agua y rocas afiladas. La sombra siempre estaba proyectada sobre la pared contraria al agujero de la ventana, era una figura humana de características bélicas, de acento peligroso y tonalidades grisáceas que dejaban a la expectativa cualquier pronóstico apresurado. Estando esta sombra allí forjada solo podría esperarse un instante de terror al estar en la vieja torre.
Desde que existía el castillo del Helo todos, quienes le habían visitado, y aun quienes ocuparon algún día sus espacios, desconocían la procedencia de aquel aparecido fantasmal, asi los que llegaban a percibirla eran incontenibles de miedo absoluto. La sombra perduraba día tras día, año tras año, fué descrita como un hombre colgado, como un ser atormentado, otros preferían notarla como una mujer dando a luz, llena de dolor e incluso existieron aquellos que llegaron a describirla como la imagen de dos niños hiriéndose mutuamente, pero algo era claro en el relato popular de quienes se atrevían a nombrarla, “la sombra era un ente infernal buscando asustar a los hombres terrenales”.
Cerca al castillo había una pequeña villa, llamada Strion, la cual coexistía con sus feudales desde el inicio de la sociedad civilizada, en ella vivían no mas de 50 personas, entre hombres, mujeres y ancianos, los niños eran poco comunes ya que todos cuantos nacían emigraban fuera de las tierras por órdenes de aquellos señores, dueños del castillo y la voluntad de los súbditos. Criticada fué en exceso esta conducta, sin embargo, no existiendo autoridad mayor a la de los soberanos de la región, nunca fué investigada.
Algo sucedía con los niños de Strion, algo relacionado con el viejo castillo del Helo y la horripilante sombra de la torre.